el fax-o-saurio
El fax y el ordenador entraron en mi vida prácticamente a la vez. Había oído hablar de ellos sobradamente, pero apenas los había utilizado hasta que tuve mi primer empleo.
Salvando las distancias, ambos eran dos nuevos cacharros indispensables para la tarea diaria: el ordenador como herramienta productiva, y el fax para comunicarme con los clientes de forma más rápida que el correo, más precisa que el teléfono, y más económica que la mensajería.
En aquella época, mi ordenador era una máquina incomunicada, que a duras penas conseguía entenderse con el de al lado o con una impresora compartida. Era el fax el que nos conectaba con clientes y proveedores, el que enviaba y recibía correcciones, vistos buenos, presupuestos, facturas.

Sin embargo, fue un alivio poder ir prescindiendo de su uso, a medida que las redes y el e-mail ampliaban las prestaciones del ordenador y lo convertían en vehículo de comunicación. Y es que no había en el fax nada que despertara el más mínimo cariño: siempre fue un aparato antipático y de uso obtuso.
El fax es una clara víctima de nuestro tiempo, un despojo, otro perdedor de la era de las telecomunicaciones. Por eso no deja de sorprenderme que en todas las oficinas siga habiendo uno, y más aún, que se siga utilizando este aparato residual, a mitad de camino entre la impresora y el teléfono, que come y escupe documentos híbridos de fotocopia y de e-mail.
Diez años después, apenas concibo mi vida sin un ordenador propio, mientras que el fax sigue siendo igual de lento y caprichoso, con ese pitido irritante que ya ni en los módems se escucha, y cuya única mejora significativa es haber aprendido a imprimir en papel normal, frente a los rollos termosensibles de entonces.
Seguro que hay grandes amantes del fax, y no dudo que su historia sea fascinante; yo me alegro de no tener que utilizarlo a diario.
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